Cuando el niño era niño,
era el momento de hacerse esta pregunta:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y no estoy allá?
¿Cuándo empieza el tiempo y dónde termina el espacio?
¿No es la vida bajo el sol un mero sueño?
¿No es lo que yo veo, oigo y huelo nada más que el reflejo de un mundo delante de otro mundo?
¿Existe de verdad el mal y gente que de vardad es mala?
¿Cómo puede ser que yo, que soy yo, antes de serlo no lo fuera.
Y algún día, yo que soy yo, deje de serlo.

Es maravilloso, vivir sólo en espíritu, y día a día, eternamente, dar fe de lo espiritual en las personas. Pero a veces me harto de mi existencia espiritual eterna. Entonces quisiera dejar de flotar eternamente por las alturas, quisiera notar que tengo peso, que se anulará la ausencia de fronteras, y ligarme a la Tierra.
A cada paso, y a cada ráfaga de viento, me gustaría poder decir:
"¡Ahora, ahora, y ahora!"
Y ya no decir más "desde siempre" o "eternamente".
Sentarme en la silla libre en una partida de cartas.
Que me saluden... aunque sea con un pequeño movimiento de cabeza.
Siempre que hemos participado en algo, ha sido fingiendo.
Hemos fingido que en una velada de lucha, nos dislocaban la cadera...
Hemos fingido que pescábamos en compañía...
Hemos fingido que nos sentábamos en la mesa, y bebíamos y comíamos...
Que nos servían cordero asado y vino en las tiendas del desierto...sólo lo fingíamos.
No es que quiera tener un hijo, ni plantar un árbol. Pero que agradable debe ser, volver a casa después de un día pesado, y dar de comer al gato, como hace Philip Marlowe.
Tener fiebre, mancharse los dedos de negro al leer el periódico, entusiasmarse no sólo por cosas espirituales, sino por las comidas, por el contorno de una nuca, por una oreja.
Mentir. Como un bellaco.
Notar que el esqueleto se mueve contigo al caminar.
Suponer las cosas, por fin, en lugar de saberlo todo.
Poder decir: "¡Ah! ¡Oh!" y "¡Ay!", en lugar de "sí" y "amén".
Y por una vez, entusiasmarse también con el mal. Atraer hacia sí -de los transeúntes- todos los demonios de la Tierra.
Y por fin, lanzarse a cazar en el mundo. Desmelenarse.
O por fin saber qué se siente, cuando te quitas los zapatos bajo la mesa, y descalzo, mueves los dedos. Así...
Estar solos.
Dejar que todo ocurra.
Diálogos de “El cielo sobre Berlín”
1 comentario:
¿Por qué no se ven las fotos? Ni la de este post ni una que puse yo hace unas semanas...
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